YO SUPONGO

o el cambio de los otros que no nos viene bien.

A lo largo de nuestra vida vamos acumulando relaciones como si tuviéramos dentro un “Diógenes” tipo Alien. El tema de hoy es que las relaciones del pasado se acumulan con las nuevas y no nos damos cuenta que todos, en el mismo espacio temporal, no caben. Seguro que a alguna relación le va a tocar quedarse olvidada y llena de polvo en el trastero, unas veces la rescatamos y otras nunca más se supo. No se nos ocurre pensar que ya se nos hacen “distintos” porque han evolucionado y nosotros nos quedamos en la casilla de salida y ahora nos dan pereza o frustración.

Está claro que ya no se conecta igual y que uno escucha en la radio FM y el otro AM, nos da pena seguir tratando a alguien con el que un día conectamos pero ahora nos cuesta mucho sentirnos relajados, divertidos y en confianza.

Estoy rodeada de personas que les encanta suponer y la mayoría no pregunta, bien por prudencia o por respeto…o por dejadez. Estamos sin estar, siendo lo que no somos, imaginamos a los demás felices, tristes, depresivos, vacuos, alegres, ausentes o presentes, con problemas como todos o enamorados. Un suponer cargado de nuestros juicios y “mapas de creencias”. Así es, conocemos a alguien y le colocamos el cartel y ya nos cuesta pensar que la vida es cambio y evolución, aceptar que el hoy de nuestras relaciones no tienen que ser exactamente lo mismo en un futuro.

Incluímos en el “Síndrome Diógenes” a esas personas que decimos conocer mucho, asegurando que nunca actuarían de una determinada manera, y algunos acaban sorprendiéndonos en negativo, y a eso le llamamos decepción. Pero mi experiencia es que los buenos siempre son buenos en cualquier circunstancia, es su estado natural.

Suponiendo metemos mucho la pata.

Damos por seguro que el regalo que hemos comprado a nuestra pareja le va a gustar porque siempre viste de azul o que nuestra mejor amiga va a agradecer siempre que la invitemos a las mismas barbacoas que celebramos todos los años en verano, y el año pasado decidió venir por compromiso. Los que somos padres aseguramos, con máxima convicción y confianza, que conocemos perfectamente a nuestros hijos…

Pero nuestros hijos han cambiado de gustos y aficiones, de amigos o, incluso, de pareja y no nos hemos dado cuenta porque hemos estado a por uvas.

Los hijos nos hacen ver que en muchas cosas ya van por libre, que no tienen por qué actuar como a nosotros siempre nos gustaría y, en algunos casos (pocos), los padres nos alegramos que tengan su propia personalidad pero la mayoría quieren un calco porque es mucho más cómodo educar a alguien parecidos a ellos.

Una amiga mía es ahora vegana y hace poco quedamos en un restaurante vegano de Malasaña, hasta que no escuché unos argumentos de esa conversión de la ternera al puerro, no me lo podía creer, tales explicaciones continuadas debe ser un cañazo para ella, yo no explico por qué me gusta más el cocido que la coliflor. Nuestros hermanos se divorcian y nos llevamos una sorpresa (disgusto), o el compañero molón de la oficina confiesa su homosexualidad en el momento “after work” y nos hace una faena porque es el único hombre guapo que nos alegra la vista cada día (eso cuando no teletrabajábamos), además, !quién lo iba a decir si no tiene pluma! (otra etiqueta).

Suponemos los demás tienen que permanecer siempre estáticos y nosotros también y así nos va en nuestras relaciones porque somos los “Diogenes de las relaciones”, vamos atesorando en el tiempo relaciones cómodas, previsibles, “etiquetadas” y que pertenezcan a nuestro círculo seguro; como los muebles de casa o el autobús que siempre nos lleva al trabajo.

Relaciones en las que los protagonistas no cambian y no nos obliguen a posicionarnos, a aceptar que el que conocimos va diluyéndose en otro perfil pero, sobretodo, que no nos hagan de espejo para darnos cuenta que somos nosotros los que permanecemos estáticos.

Y no hay nada más peligroso que la parálisis en la vida.

CosmenKos

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