AMSTERDAM

Claudia

PRIMERA PARTE

“EMPTINESS”

Juan abrió con cuidado la puerta, no sabia si Claudia dormía aún. La habitación olía a canela que la vela encendida desprendía, se acercó a su hermana y, comprobando que estaba dormida y respiraba tranquila, volvió sobre sus pasos, cerró la puerta sin hacer ruido y ajustó la calefacción del pasillo. Estaba seguro que Claudia estaba despierta cuando la abrigó con el edredón. 

Despierta y derrotada.

La casa de Juan era la típica construcción de edificio a dos aguas, los techos facilitaban de este modo el drenaje de la gran cantidad de nieve y agua que los inviernos holandeses no perdonaban. La mayoría de las casas en el centro de Amsterdam son edificaciones antiguas, barrios enteros con personalidad propia que los holandeses han sabido respetar, cuidadosos con la normativa de no convertir sus ciudades en símbolos monolíticos del mal gusto gracias a la corrupción de no pocos alcaldes. Amsterdam y sus barrios con sus famosos canales para el disfrute de los holandeses y los turistas, una ciudad con un tamaño perfecto, las bicis como trasporte principal y el cuidado de todos por el medio ambiente y los animales.

Los ciudadanos de Amsterdam, su orgullo de pertenencia y de amor para su ciudad.

La casa de Juan, hermano mayor de Claudia, se encontraba situada a pie de calle y en un barrio muy céntrico, con bares y restaurantes bohemios y tiendas estilo “boho chic”, allí se encontraba todos los perfiles de personas, gente de todas las razas y modo de vida, eso era lo más interesante de Amsterdam y por lo que Juan y su segunda mujer, Nina, decidieron que se quedaban y crearían su micro mundo desde allí.. Desde la puerta principal se accedía al interior por una estrecha y empinada escalera. Al llegar al rellano, un armario servía para dejar los zapatos y poder entrar al salón sin barro ni suciedad de la calle. La amplia cocina octogonal contaba con ventanales desde donde se veía la calle principal, era una cocina abierta al salón donde la protagonista era la gran biblioteca y discoteca de Juan. Libros por todas partes y una mesa de mezclas profesional con un espacio dedicado exclusivamente a la vasta colección de vinilos.

Un amplio y luminoso salón con una escalera que llevaba a los dormitorios y baños de la planta de arriba, todos ellos con sus techos abuhardillados y ventanas encastadas desde dónde se podía observar el cielo estrellado en las noches claras. Cuando semanas atrás, Claudia llegó agotada y sola al refugio de los brazos de su hermano, no podía imaginar que aquella ventana de su habitación la podría hipnotizar tanto. Como no podía dormir, y no se tomaba el somnífero recetado para ello, se pasaba las noches observando el oscuro cielo y, aún hoy recuerda, cómo las gotas de lluvia seguían diferentes recorridos hasta saltar al canelón, esa fijación nocturna la mantenía en calma, como si estuviera creando un hábito nocturno nuevo y dejara descansar a su cerebro por unas horas. 

El día que Claudia tocó la puerta de su salvación era el mes de Junio, casi por San Juan. Le dió la bienvenida un día que no podía ser más nostálgico; lluvioso y con un cielo amenazador. Nada ayudaba, ni siquiera el clima, pero entonces Claudia aun no sabía lo mucho que iba a cambiar su vida. En esa habitación encontró la humildad necesaria para abandonarse y abrazar a la resistencia. La Claudia de entonces no podía ni imaginar que llegaría hasta una ciudad como Amsterdam, lejos de Madrid y sin mas energía que una pila para curarse, estaba claro que ya no podía más, y recuerda como levantando el dedo pidió ayuda para sobrevivir a lo que los ingleses llaman “emptiness”. Jamás pensó que tuviera que pasar por un proceso tan doloroso y tan traumático en toda su vida.

 Durante los primeros días en casa de su hermano no se sentía con fuerzas para saber nada del mundo exterior, el móvil apagado, el ordenador en un rincón junto a su maleta casi sin deshacer. La culpa, la vergüenza, la sensación de fracaso impedía llamar a su hijo. Finalmente decidió pasarle un tranquilizado wassap, así que encendió el teléfono pero el primer mensaje que saltó aquel 21 de Junio fue el de Georgina, su terapeuta. Claudia Y Gerogina hablaron, recuerda que colgó pensando en las duras palabras de su psicóloga, una profesional muy respetada pero nada fácil en el trato. No pasaba una a sus pacientes, su método no era precisamente condescendiente. Entonces,y ya en caída libre y mientras se levantaba de la cama lentamente como una anciana, se fijó por “causalidad” en un poto que indolentemente colgaba del armario, una planta que nadie debía hacer mucho caso pero que, no sólo estaba sobreviviendo sin cuidados, sino que crecía con lustrosas ramas y verdes hojas.

Con un vaso regó la planta y con el agua que sobró se tomó el antidepresivo que tan poco la hacía.

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