ABRIGOS DE PIELES

o el “astracán” perdido.

Vivo entre dos mundos. En estos días de extremo frio en Madrid, con monumental nevada incluida, he visto a señoras y señoritas con abrigos y gorros de piel. Hacia mucho tiempo que no observaba tal despliegue de bichos muertos encima de seres vivos.

Mi casa está entre el rancio abolengo de la zona de Pintor Rosales y el otro lado del muro que es Malasaña. Mi perra, Nina, al ser un “mil leches” (lo que es lo mismo que un “chucho”) tira más hacia los barrios policulturales y de batiburrillo de gente varia y dispersa. Y yo se lo agradezco porque me divierte mucho más para pasear Malasaña que el siempre elegante barrio, pero rancio de polilla, Argüelles.

MALASAÑA

Mientras veo caminar a mi perra enana entre perros enormes acompañados de tipos multi tatuados, seres diversos peinados imposibles en formas y colores, “outfits” engañosamente descuidados y un sin fin de cazadoras moteras con emblemas de AC/DC , Malasaña de perros tan orgullosos como sus dueños, y chavalería taladrados de “piercings”hasta el último agujero de sus cuerpos, pienso que no podría soportar que ni un solo pelo de Nina estuviera disecado en un guante, gorro o abrigo para que una señora luciera más que nadie. Me cruzo con una anciana, va tirando de su carro de la compra mientras cruza la calle Limón, tiene un cabello tan blanco como la nieve y temo por ella, por su imprudencia de salir con las calles así. Hoy en día romperse algo es vivir al límite, mejor en cualquier lugar que en un hospital. Detrás, en fila india por la calle del Espíritu Santo para no darnos la gran hostia, va una mamá con sus hijos a modo de mochila, uno delante y otro detrás, valoro el arte de la muchacha (y lamento lo que le queda por pasar con dos criaturas nacidos en estos difíciles tiempos), servidora es de la época del “MaxiCosi”, íbamos cargados como una patera y supongo que muchos de aquellos niños tienen ahora escoliosis, que cosa tan incómoda para un bebé y que invento más práctico y cruel de los fabricantes de artículos de bebés..

Carrie “SEX IN THE CITY”

De golpe todos paramos en seco; el de GLOVO casi se escoña contra unas ramas vencidas por la nieve, hacen una labor de riesgo, desde luego. Entro en una tienda vintage, me he hecho amiga de la dueña, es una mujer especial (ya os contaré su historia), me tomo un café con ella, comentamos y nos reímos del panorama, Nina se mea, la señorita eso de mear con frio no le va, voy a por el mocho con la cara roja de vergüenza. En este barrio, en la mayoría de las tiendas, admiten perros, Malasaña es como un pueblo, ese es su encanto, y todos son bienvenidos y aceptados.

Regreso a casa, si, regreso al barrio con más bichos muertos y disecados por metro cuadrado que Aspen (Colorado). Observo, mientras compro el pan al lado de mi casa, a una chica de unos 22 años y su grupo de amigas que se hacen “selfies” en el Templo de Debod y se van intercambiando el abrigo peludo de unas a otras. Parecen “viejóvenes”, les escucho sus nerviosas risitas y esos consejos de cómo poner el mejor filtro y posar para subir al Instagram a modo de “influencers”. Jóvenes proyectos de casaderas con señores con corbata, monovolumen, niños, perritos cuquis, y chalet en las afueras (o pareado en urbanización lux). Todo de marca. Todo caro. Mucho “show up”.

Nina decide que no anda más.

NINA

En el ascensor, me viene al pensamiento mi madre que tuvo un abrigo de “astracán“, esa cosa colgada del armario siempre me dio grima. Aquel abrigo que pasó a modernizarse según corrían los tiempos. Primero arreglaron el cuello, luego los puños, años más tarde la caída para convertirse en chaquetón. Recuercuerdo que con lo que sobró del corte a mi madre le hicieron una bufandita cursi de matarse. Mi madre era tan generosa que siempre me dejaba todo. Una vez, por Fin de Año, me lo prestó para ir elegante, me puse el pesado abrigo y automáticamente me eché encima 30 años (yo tendría entonces 18 años), no sé que sucedió al final de la noche pero lo perdí o me lo robaron para gran disgusto de mi jefa. El abrigo nunca más volvió al armario donde era cubierto con una funda especial. Mi madre se disgustó tanto que me amenazó con que nunca más me iba a dejar nada pero como era buena, al día siguiente me prestó un bolso pequeñito precioso que aún conservo. Las amenazas de mi madre se cumplieron con el tiempo. Jamás me he puesto encima un abrigo de pieles porque, afortunadamente, este tipo de ropaje de austrolopitecus ha pasado a mejor vida hasta casi desaparecer.

Excepto si las mujeres y jovencitas de posibles que los rescatan del peletero, o lo que es lo mismo, el cementerio de bichos disecados, cuando nieva en Madrid una vez cada 9 años.

PD: Perdonad por tanto anglicismo pero es que así estamos con el castellano…(una pena).

Feliz domingo desde mi azotea.

CosmenKos

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