LOS CARTWRIGHT

O como crecimos en una familia de excéntricos

El calor de julio no daba tregua. Estábamos huidos de casa, en la terraza de Bernardo, cenando en patrullón.

Ahí llegan los Cartwright”, anunció el tío Pepe con voz engolada y perfecto acento inglés, aunque los protagonistas y centro de todas las miradas por supuesto no eran los personajes de Bonanza ni por el forro.

Efectivamente, por la esquina acaba de aparecer el carro de los basureros del barrio tirado por una escuálida mula, que cada tanto paraba y sobre el que vaciaban cubos y más cubos de zinc llenos de detritus que de seguro no iban a La Ponderosa, el rancho de aquellos vaqueros cuyas peripecias seguíamos pegados a la tele con delectación. Eran los 60 y estábamos en plena campaña “Mantenga limpia España”…

Los Cartwrigth

Michael Landon era el menor de los tres hermanos, el más guapo y el más popular, y parecía en forma a pesar de comer poco.

“¡Ay que ver!”, decía mi madre, obsesionada con nuestra delgadez. “No hay una comida que puedan hacer en condiciones”.

Y era cierto. Las desgracias indefectiblemente tenían lugar a la hora del almuerzo, o de la cena, y los pobres muchachos siempre tenían que salir por pies con el bocado en la boca a deshacer algún entuerto, igualito que Alonso Quijano.

Nevada no era Madrid, y la mesa de los Cartwright no se parecía en nada a la de Bernardo, como la llamábamos en honor al dueño del bar El Cortijo: guapo sesentero, afable y de maneras tranquilas, consentía toda clase de atropellosmercantiles por parte de las mujeres de la familia.

“Ve a los Tonetti y trae otra Fanta de naranja y una gaseosa”, exclamaba la tía Maruja apagando las proclamas de sed como con una manguera.

Los Tonetti eran los Hermanos Moreno, o sea los tenderos de al lado, que parecían haber cambiado la pista del circo por las torres de latas de tomate y las gracias de payaso por quince horas de trabajo diarias y un pisito comprado a letras.

Salía Tabique, el hermano de Bernardo, de detrás de la barra a ayudar a recoger alguna mesa. Llamado así por su enorme contorno, era de profesión picador taurino, y en sus ratos libres freía sin cesar en el Cortijo, aunque no sabíamos bien para quién, pues nosotros ya íbamos con la tortilla puesta, es decir hecha de casa.

Penélope, la infatigable tejedora de jerséis de perlé, le pedía a su hija, la espindarga larguísima, que fuera alevantar del suelo a su hermano pequeño; y los lecheros y sus hijas se sentaban un rato en una mesa libre para lucir sus blancuras lácteas y sus níveas auras mientras se mantenían en silencio: más pureza no cabía imaginar.

La Diplo hacía un rato largo que se había ido después de preguntar veinte veces la hora, y su hijo Ángel Crespo llegaba de la oficina y se sentaba con nosotros a dar la brasa; aunque nadie le hacía caso, y mucho menos su mujer, Tere, que coqueteaba en tono abiertamente picante con mi padre y el tío en medio de las risas generales.

“Pero no te sientes en la silla de la señora Polonia”, le decía mi madre solícita. “Javier, encuentra una con los dos brazos”.

El modelo Polonia abundaba en Bernardo, pues las sillas de tubo perdían los brazos como por encanto, igual que la señora Polonia perdió el derecho cuando le cayó un obús en el comedor de su casa de la calle Aduana durante los bombardeos de la Guerra Civil. Para que luego digan…

La señora Polonia se había quedado muy tocada después de aquello, pues apenas saludaba a los antiguos conocidos y parecía deambular a todas horas con cara inexpresiva. Su hijo, que haberlo lo había, nunca estaba.

Gaseosa 1970

“¡Mamá!”, gritaba Teresa. “No hemos ido a darle la cena a la abuela…!

“¡Por Dios!, ¡cómo están las cabezas!”, reía mi madre por el despiste, aunque hoy lo llamaríamos maltrato. Para cabeza la suya, que un viernes más no había pasado por la peluquería y pedía a voces un buen repaso. “¡¡El huevo duro está en la nevera!!”, vociferaba mi madre como una soprano mientras se alejaba Teresa a todo correr a propinarle aquel huevo que la abuela comía con cara de disgusto.

“Pepe se ha quedado con ganilla”, reía mi padre, que se partía con el apetito voraz del tío.

“Ve a los Tonetti a por doscientos de salchichón”, repetía la tía a mi primo Juan Manuel. “Y dile que no te robe en el peso”.

“Acompáñale”, me decía mi madre, como si con mi sola presencia Luciano fuera a cortar un par de lonchas de regalo.

“¡Y una barra que haya perdido la humedad!”, advertía el tío levantando la barbilla y haciendo gestos ampulosos con los brazos para explicar a la concurrencia vecina que le gustaba el pan así, más bien seco, por gusto, y ya de paso insinuando la dureza extrema del pan que se iba a comer; a lo que los asistentes asentían admirados por la elocuencia de aquel señor tan distinguido y por su dentadura perfecta.

Cuando sea mayor no quiero llevar corbata en verano, pensaba yo mirando a los padres de familia que como mucho se aflojaban un poco el nudo.

Cristina tenía sed de agua, y la tía la mandaba a Bernardo para que pidiera un vaso.

Aquí tienes, Cristinita”, le sonreía Bernardo, que sin duda sentía debilidad por la niña, pues sabía ella muy bien encandilar a todos los padres con sus carantoñas; sobre todo al suyo, que la adoraba.

Hoy se habían sumado a la reunión Celia, la hermana de la tía, y Jesús, su marido, venidos de Guinea a pasar unas interminables vacaciones a todo trapo en España: Celia con su enorme moño italiano y su risa sotto voce; Jesús con su savoir vivre, o sea su cartera llena, su Mercedes blanco y su Cuba Libre en la mano.

A menudo, tambíen nos acompañaban los Pagazaurtundúa, los primos de Ondárroa que vivían frente a nosotros, con sus ramificaciones y sus numerosos hijos, y que actuaban como de cla ante las ocurrencias sin fin del tío.

Los Cartwright hacían el camino de vuelta hacia el vertedero improvisado que se extendía junto a su propiedad a liberar carga y seguir esparciendo hedores.

El Titi, como le gustaba referirse el frutero anexo a la tienda de ultramarinos a sí mismo al anunciar sus productos, echaba el cierre hoy más tarde de lo habitual y salía del brazo con su mujer, ambos agitanados y como dispuestos siempre a arrancarse por bulerías entre cabellos ensortijados y blusas de lunares.

Bonanza

Enseguida daba la una de la mañana, aunque nos pareciera temprano, y marchábamos a casa desfilando en formación.

Javier, anda como Cleopatra”, suplicaba alguien.

Cleopatra era la señora de párpados pintados a la egipcia que vivía en el portal cercano y que caminaba haciendo temblar sus pantorrillas fláccidas como si fueran un flan.

Entonces me adelantaba a todos y trataba de imitar aquella textura de goma con mis piernecitas de palillo, lo que debía de resultar de lo más gracioso si escuchaba las carcajadas a mi espalda.

De madrugada, me despertaba en la cama bajo la ventana abierta y me tapaba con la sábana la piel helada. A lo lejos, en el silencio de aquel Madrid sin circunvalaciones, se oía un tren pitar atravesando el secarral mesetario; más cerca,la mula de los Cartwright relinchaba, ¿o aquella infeliz solo podía rebuznar?

Javier Orduna Cosmen

2 respuestas para “LOS CARTWRIGHT”

  1. Tiempos buenos , sin alardes sin lujos . Tiempos vividos y sobre todo vividos con felicidad , que creo no cambiaríamos ninguno . Tiempos de familia de amigos de respeto y de cariño de mucho cariño 💋

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