OBLIGADOS A VIVIR

A Teresa se le hizo bola la vida.

Teresa era amiga de mamá. Cada tarde, se veían en la cafetería enfrente del cole, allí nos esperaban hasta que nosotras, sus hijas, llegábamos hambrientas y desaliñadas como si regresáramos del campo de batalla de la guerra contra los Hunos. Aún recuerdo nuestro olor a tiza y borrador, las carteras con el baby y los deberes, mi uniforme todo aburruñado, lo que ponía de los nervios a mi señora madre. Nuestra merienda consistía en invierno en un “suizo” y chocolate caliente bien rico y cuando entraba el buen tiempo, nos esperaban en la terraza de la misma cafetería con un batido; el de Begoña de chocolate y el mío de fresa. Nunca se me olvidará.

Supongo, que en aquella cafetería mi madre y Teresa harían cada tarde su propia terapia de mujeres, se llevaban bien aunque eran esas relaciones educadas pero no intimas, había una línea que ninguna de las dos traspasaba, de hecho no conocíais sus casas, se veían en la cafetería del “Suizo” como yo la llamaba, y eso era todo.

Los animales nos cuidan

Si, amigos, éramos felices, simplemente haciendo cosas como éstas, merendar un “Suizo”.

Pero un mal día, Teresa dejó de venir a la cafetería y mi madre se encargó de esperarnos para, una vez “merendadas”, acercar a Begoña a su casa. Yo, que siempre he sido pertinaz preguntona, le pedía a mi madre explicaciones de por qué Teresa ya no venía a buscar a su hija. Mi madre con una de sus miradas de láser asesino me hacia callar. Se acabaron las preguntas.

Pasado mucho tiempo, una tarde me encontré con Begoña en el Zara de una calle de Madrid. Seguía siendo la niña bonachona, simpática, lista sin ser pedante, divertida y muy, muy cariñosa. Se había convertido en una reputada psiquiatra. En lo personal contaba con dos divorcios, no tenia hijos, dos gatos y un perro enorme (vi la foto), y mucha vida social. Nos abrazamos con alegría de colegialas y nos fuimos a “La Menorquina” (antes de ser vendida a una zapatería de esas con zapatos a 10€). Como es lógico nos contamos a tropel muchas cosas, lo que ahora se llama “ponernos al día”, y cuando llegó parte de su relato de la enfermedad de su madre, me conmoví profundamente.

“El jilguero”

Teresa no volvió a la cafetería del “Suizo” porque se vio afectada por una de las enfermedades más duras y con más estigmatización que por aquel entonces (y aún en la actualidad), existía: la depresión. Su entorno nunca entendió como una mujer, funcionaria y, por tanto, independiente económicamente, con una familia unida y con dos hijas y un marido atento y trabajador, sin problemas económicos, no podía ser feliz. Teresa se había convertido en alguien incapaz de seguir viviendo con ilusión, estaba, literalmente hundida en “el infierno de la melancolía”.

Uno de los síntomas de la depresión es carecer de paz y de proyectos. esa jodida invalidez para sentir amor por uno mismo y hacia los demás, el que te importe nada lo que pasa a tu alrededor y ya no digamos en el mundo. El día a día de un enfermo depresivo en un camino de incomprensión, (la propia y la de los demás), que se clava en el corazón como un puñal.

Así que un día Teresa decidió que no podía seguir cargando con la culpa y la obligación de vivir y se suicidó. No voy a entrar en el morbo de cómo y cuando se quitó la vida por decisión propia. Eso es muy privado.

Mientras Begoña me lo contaba con toda naturalidad y sin dramatismos, de forma práctica y sin falsa emotividad, me refiero a extensos adornos innecesarios al relato, sentí compasión. Habían pasado muchos años pero si sucede algo tan duro a una niña se convierte en el guión que marca de por vida. Por eso Begoña ha sido valiente, no quiso crecer sólo con la etiqueta de hija de suicida e invirtió en sí misma para aceptarlo y ayudar a otros que pasan por la misma situación. Por eso no quiso tener hijos, por ello es hoy psiquiatra. Asi que, cuando su madre se fue, Begoña y su familia cambiaron de barrio y de cole, desapareciéndo de mi vida. Mi madre nunca me dijo nada, aunque siguió durante un tiempo ayudando como pudo a la familia, después el padre de Begoña se casó de nuevo. Pero esa es otra historia.

Ve lo que los demás no ven.

Lo que los demás deciden no ver, por temor, conformismo o pereza.

Ve el mundo de forma nueva cada día.

PACHT ADAMS.

No seré yo quien hable técnicamente de la depresión, de su detección y síntomas, del sufrimiento de quien la padece y de la frustración de los que acompañan al enfermo. Escribo hoy para sugerir a las personas que creen que están pasando por esta cruel enfermedad que pidan ayuda cuanto antes, y a los que acompañan en el proceso de recuperación del enfermo, también. Es un camino largo, surge la frustración, la rabia y el cansancio, la esperanza para volver al abismo de la desesperación, es un proceso incomprensible pero la mente humana así es.

A veces, un enfermo con una largo o intermitente estado depresivo se cansa de vivir. Es así de simple, el suicidio sigue siendo un tabú hasta en las sociedades más desarrolladas.

En el dia de la enfermedad del alma, brindo toda mi ayuda y cariño a esas personas y su entorno. Se puede salir de ese largo y oscuro túnel y, aunque no es fácil, la herramienta principal es levantar el dedo y pedir ayuda con un buen profesional y rodearse de personas que estén en el proceso con compasión, paciencia y AMOR.

Desde esta azotea os esperamos a todos los que la vida os pesa y se vuelve gris.

Cosmenkos

2 respuestas para “OBLIGADOS A VIVIR”

  1. Historia conmovedora, verídica y triste! No saber reconocer un problema como es la Depresión, pidiendo ayuda a un profesional médico o psiquiatra y contar con el apoyo de los que te rodean , pareja, familia amigos!

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